Thursday, July 5, 2012

Paraísos

Voy a contarles una historia de Lisboa. Pero, como no soy o senhor Frederico Monroe, Lisboa no está en el relato. Por el contrario, me he vuelto tan loco como Philip Monroe, aquel director que se embriagó en la pureza de la imagen y se olvidó por completo de sí mismo, por lo que les voy a narrar sobre Lisboa como la relatan sus manuales para turistas, escritos por ayudantes de tenedores de libros, quienes a la mitad de un vino de cereza se ponen a explicar el porqué este pueblo está sumergido en la melancolía.
No me hago responsable, entonces, de lo que aparece a continuación... culpen al Aínda.
Tuve un sueño. Un sueño que había tenido en el pasado, que se había vuelto recurrente, pero que se volvió incendiario.
Era de nuevo ella. Era la misma niña que había visto en el pasado. Los mismo cabellos castaños, la misma piel blanca. Petiza, tierna, dulce. El mismo brillo en la mirada que... un momento. Su mirada ha cambiado. Es más brillante que en el pasado. A diferencia de su última visita, sus ojos ahora sí destilaban esperanza.
Cabe aclarar algo: su nombre es Cristina. Lo eligió su madre, antes de que yo la matara, un día que soñamos con ella precisamente. A ambas las enterré en mis recuerdos. Ahora, al parecer, ha venido a tomar su venganza.
Cabe aclarar que cristina, al parecer, no existe. O no debería existir. La desterré al abstracto hace tanto tiempo. ¿Por qué hoy, por qué así?
Se acercó a mi rostro. Lo acarició. Me dio un beso en la frente. No debería parecerme raro.
Al fin y al cabo, se supone, es mi hija.
Pero me estremecí, bastante. En todo caso, ella no existe. No debe existir. No debe estar aquí.
Pero su mirada es diferente.
Nos miramos fijamente durante un largo rato.
Han cambiado tantas cosas en su rostro. Pero su mirada es más penetrante que en el pasado. Uno no puede escapar de esa luz que irradia. Es imposible. Un caso perdido.
"Vine, precisamente, por estos ojos. Vine a pedírtelos".
¿Lo ojos de quién?
De ella.
¿Para qué los quieres?
Para existir.
La posición en la que me encuentro no es favorable para ella. Había renunciado incluso a la idea de procrear, pero... ¡carajo! de dónde ha salido  todo esto.
Ella ni siquiera se molesta en mirar mi desesperación. Aunque he de aceptar algo: esto es un sueño y terminará pronto.

"No te dejaré escapar de aquí hasta que hayas traído esos ojos ante mi presencia y pueda largarme de este infierno al que me condenaste".
Ella sabe que es imposible. Ella sabe que tan sólo intentar dar un paso para lograrlo sería hacer estallar una bomba.
Está completamente consciente, al punto de que sabe que el hecho de pensarlo es una tortura.
Perdimos la partida antes de colocar las fichas. Un último enroque es un suicidio.
¿Vas a jugar ese movimiento final como apertura cuando, además, ni siquiera te lo permiten las reglas del juego?
"Tú me condenaste a esto. Es mi última salida. Nuestra última salida. A mi muerte eterna y a tu cobardía disfrazada de prudencia. Si ambos salimos y lo intentamos, podremos morir. Si te quedas inmóvil, el ansia te matará y yo no habré existido nunca".
Una frase así, con una mirada mediterránea, en el cuerpo de una niña pequeña.
Una agonía particular. Compartida.
El silencio se hizo de un caudal entre nosotros.
 ¿Por qué esa mirada y no la de alguien más?
"No lo sé".
¡Cómo diablos no lo sabes! ¿No te das cuenta que tan sólo acercarnos nos puede despedazar? ¿No te das cuenta todo lo que debemos dejar atrás para intentarlo? ¿Acaso vale tanto para tí?
Esto no es un ajedrez. Esto es ya una ruleta rusa.
"Quizá porque sus ojos son los mismos que los que tú tenías antes de que la realidad te devorara despacio".
¿Qué diablos estás diciendo? A mí jamás...
No me quedó más remedio que arrodillarme ante ella. No pude contener las lágrimas. Me despedacé despacio y terminé con el rostro mirando al piso. No pude más.
¿Qué es lo que quieres que yo haga?
"Quiero que vayas y luches contra ti mismo. Nadie mejor que tú sabe como derrotarte".
¿Y si sólo estoy proyectando lo que yo soy y no somos lo mismo?
"Será tu tarea descubrir qué los hace diferentes y reconocer el terreno".
Una vez más, ¿por qué lo haces?
"Para que yo pueda existir y te deshagas de esa cobardía disfrazada de prudencia".

Al día siguiente perdimos todos en la ruleta. El sueño nunca pudo terminar.

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