Thursday, March 13, 2008

Los Evangelios según Arael (1)

Ven al cielo conmigo...
Una voz explícita me llamaba a compartir una gloria celestial. A mitad de un concierto cacofónico. A mitad de la nada. Sólo yo y mi sentido de heroica justicia. Irrelevante e inncesaria. Poco admirable, devastadora. Brutal. Es imposible encontrar un sentido de trascendencia en las calles, donde la naturaleza del hombre es el anonimato. Un anonimato trascendental.
¿Qué más da? Sólo tengo mi espíritu y la voz de Dios que me llama. Un cadaver crucificado, una energía absoluta. La divinidad es un sentir, me dijeron alguna vez. Tenían razón. Yo fui Dios en algún momento. Era omnipotente, absoluto. No fue hace mucho. Fue cuando me tenía permitido ser creyente de mi propia religión. Rezar ante el poderío de uno mismo, qué ridículo. Ridículamente, me mantenía vivo. Justamente, cuando yo era Dios, actuaba como tal.
Entonces, soy yo quien se llama a sí mismo. O esa parte de mí que desea recuperar esa fuerza. Ya no lo sé. Antes lo sabía todo. Era cosa de demostrarlo. Y lo hacía. Porque todo se reduce a una demostración de poder. Mostrar que Dios domina, que Dios conoce, que Dios todo lo oye y todo lo ve. Señales, lo llaman los incrédulos. Señales que uno se dispone a mostrar a sí mismo, tocando las llagas en la palma de la propia mano.
Entonces escucho la voz del Señor en lo alto de un rascacielos. Me siento cerca de Él. Fuerte, poderoso. Todo lo humano está a mis pies. Todo lo sacro soy yo. No necesito más. No lo necesito. No necesité nada. Sólo mi fuerza, mi poder...
Mi poder...
Mi poder...
Vuelo...
No hay arriba...
No hay abajo...
Sólo yo...
Dios...
libre...
libre...

Ven al cielo conmigo...

1 comment:

Anonymous said...
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