Sunday, February 14, 2010

Una noche para arrancarte el corazón

“Esta canción esta dedicada a todas las mujeres presentes esta noche….¡Violada con un cuchillo!”.
Los viejos cuentan que, en sus años, las noches de baile iluminadas por bellas damas eran coronadas con un buen danzón a su salud. Comprensible, pues sin carne de calidad, ni el más fino licor da sabor. Aunque una fecha como el festejo a San Valentín cobraría sentido con una velada de aquellas, parece éste el sitio más lejano para la venta de tarjetas con corazones y colchones encarecidos en hoteles de paso. Y muy, muy cercano a la forma en que el amoroso beato terminó sus días: ardiendo vivo.
Aquí, en un viejo cine conocido ahora como Circo Volador, 3 mil personas han venido casi a matarse. En un 14 de febrero cuyo único significado es atestiguar el poder en vivo de Cannibal Corpse, banda metalera de Florida, dar cátedra de romance. Por supuesto, para quienes versos como “observo cada movimiento, sé cuando estás sola…mi cuchillo se clava en lo más profundo”, son sinónimo de la carnalidad más pura.
Cuesta creer las posibilidades de encontrar el amor verdadero en un sitio como este, donde los golpes en el Slam son el menú del día. Sin embargo, basta echar un vistazo a la multitud para notar como el mundo de corazoncitos rosas puede irse al demonio con sus regalos interesados o cenas por mero compromiso. En ningún lado se ama tanto al grado de poder arrancarte el corazón en el menos retórico de los sentidos.
La masa humana es un ejemplo de unidad nacional. Apretujados hasta la asfixia se amontonan hacia el centro del escenario, intentando alcanzar a como de lugar estar tan cerca de los músicos al punto de oler su aliento. No muy lejos de ahí, brota el calor humano. Así mismo lo hacen el sudor humano y otras tantas cosas, en un Slam multitudinario, donde los más recios seguidores reparten muestras de afecto. O eso es lo más agradable para pensar.
Justo frente a los músicos, una pareja se abraza. Ella, una mujer menudita, de cabellos y mirada luctuosos, se coloca junto a la valla que separa a los rabiosos seguidores de sus héroes. Él le entrega, en público, la prueba de amor: resiste empujones, codazos, patadas y uno que otro escupitajo sin chistar. Todo para sacar de aquí a su reinita lo más ilesa posible, cubriéndola con sus brazos, como no queriendo que estos salvajes la arranquen de su lado. Tiene cara de llevar no mucho tiempo como su pareja. Y de no saber, hasta hace muy poco,de la afición de su princesa a estos desmadres.
La horda de head bangers (nombre recibido por aquellos amantes del heavy metal que gustan de agitar la cabeza al son de la música) tiene en sus filas a un puñado de chicas. La más visible, una nena a quien el piropo de “chaparrita cuerpo de uva” le quedaría perfecto. No sólo por su complexión. También por el color morado que inunda toda su cabellera. Se nota como resulta visible entre el gentío, pues Alex Webster, el bajista, le dirige una breve mirada. El rockero agita su bajo con velocidad, marcando el comienzo de una rola con el sutil título de “Me vengo en sangre”.
Nuestra colorida amiga, aguanta la masacre consecuente de los batacazos a todo galope, en una expresión de amor puro por la banda. A final de cuentas, ninguna novia se pondría al tú frente a un torote con pinta de liniero defensivo en el Slam, sólo por mero cariño. Dicha demostración de afecto se mira más auténtica comparada con la festividad de los enamorados de un Santo que se dice ciego, loco y le da por perderse en parajes nada finos como un motel y lugares muy románticos como los Vips para desayunar.
Tanto afecto sobrepasó los límites. La barrera de seguridad’, la cual separa al escenario del pueblo llano, se rompió a causa de esa carga emocional y física que une a la banda con los suyos. Víctor Trejo, director del recinto, llamaba a la calma, buscando disminuir el éxtasis. Una que otra mentada de madre no evitó la ganancia de tiempo para reparar el daño a la barrera. En el acto, el show y la carnicería continuaron su curso. Esta vez, la banda no fue tan gráfica en su título, nombrando a la pieza que dio continuidad al recital simplemente “Voy a matarte”.
En medio del caos organizado, una joven movía la mata sin problemas, con una larga cabellera rojiza encuadrando una mirada cortante a través de las gafas negras. Entre canción y canción se acomodaba el cabello. En “Vomit the Soul” (Vomita el alma), llevaba una coleta. Tras “Priests of Sodom” (Sacerdotes de Sodoma), ya traía un chongo. Y después de la penúltima canción “Hammer Smashed Face” (que sería en español el romántico título de Cabeza Aplastada a Mazazos) se le vio con una trenza.
Tras un piropo a su habilidad evidente de mantener el estilo, la diestra pelirroja sólo lanzó una discreta sonrisa. Sin importar el lugar, una dama jamás pierde la coquetería. Para muestra de ello, el botón estuvo puesto a mitad de un nubarrón de vapor sudoroso.
Con “Desnuda, violada y estrangulada” (que milagrosamente no es oda alguna a las ediciones del ¡Alarma!), los americanos dieron la última muestra de su poderío melódico. En un lleno total, donde se han dado cita los amantes más fieles al metal extremo, se percibe un ambiente romántico. Placer y sudor se entremezclan en el aire, testificando una noche más, donde la adrenalina derramada no pide nada de los frágiles compromisos a las orillas de la Calzada de Tlalpan. Una legión vino a matarse aquí. Eso es amor y no pendejadas.


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