Friday, March 4, 2011

Radiohead en tu nombre (cuento breve psiconarcótico)

No creo que te interese la miseria humana frente al ordenador, abandonado a la suerte que tus manos dicten y bajo un juramento de eterno silencio. Amante indigno gracias tus ojos que se han devorado mi dignidad restante. Sin embargo, aún hay fe en el futuro. Mira que, sin ser adivino, sólo sé que al fondo de este camino está la muerte. Mira tú, tan contenta, y yo esperando que la caducidad descomponga mi animalidad innata. Ja, que buena broma del destino, carajo.
Me levanto para agonizar de pie y que no haya duda: este árbol de plástico se pudrió entero, sin mácula que probara esa agonía que l destruyo por dentro. Jo, interesante situación, ahora sólo espero que vengas, utilices mi imaginación poderosa para hacerme el amor. Y te largues como ramera, aunque estés lejos de serlo en lo absoluto. Mi mente te prostituye, y eso es una losa dura para arrastrar. Intenta un día y carga con mi consciencia. Si mi espalda no se ha roto aún, es por mero milagro.
Y vienes otra vez, para anegar con keroseno la duela de mi recámara. En pleno duelo por aquella voz que me ha robado mi pacto de silencio, le prendes fuego a mi espacio vital. Todo arde, desde las fotografías que te he robado para guardarlas en cada rincón de mi habitación. Las cartas de amor sadìstico que nunca te entregué, bajo la promesa de no asesinarte en el acto. Mis dibujos y poemas atascados de brutalidad, donde tu cuerpo es presa de mis más primitivos instintos. Incluso aquello anteriores a toda noción de civilidad y que tú conoces muy bien. O al menos eso creo, porque pierdes toda noción de humanidad toda vez que mi cerebro, en sueños, te hace presente.
Haciendo trizas toda concepción existente sobre el funciónamiento de mi hipotálamo. La rabia nubla la vista del más sereno, vienes a mí de nuevo. ¿Qué ganas con reírte de mí así? Juro por tu madre muerta que jamás voy a perdonar tamaña burla. ¡Para mí estás muerta! Yo mismo te sepulté entre las llamas, perra desagradecida. Yo mismo devoré tu cadáver. Yo mismo, ¿entiendes? Si vienes a cobrar venganza, jugando con mi memoria, lamento informarte que ese trabajo ya lo hiciste antes. ¿Quieres más, sádica desgraciada? No quiero arrodillarme para encontrar tu rostro y derrumbarme. No tengo nada que reclamarte. Me has hecho muy feliz. ¿Pero ahora?
Has logrado tirar en sus rodillas a un pobre diablo ¿y ahora? Mis recuerdos se incendian y estás presente. Eres lo único que existe en mi cabeza. Tú y tu piel. Tú y tu mirada. Tú completa. Y nada más. Has profanado lo único que estaba libre de ti. Te has expandido como un tumor y yo agonizo en tamaña metástasis. No hay cura, más que la extirpación. Y así, entonces, para librarme de ti tendría que volarme los sesos sin más ni más.
Debía haber puesto concreto en esa tumba que cavamos juntos. Y haber tallado en una placa tu nombre. Debí limpiar tus huesos y destrozar tu corazón. Debía haberme sumergido contigo en el mar para no volver. Debí asegurarme que no volvieras a destruirme. ¿Qué no ves cuanto he renunciado a mi vida desde que decidimos tu partida? Ya estoy muy jodido para que vengas y me recuerdes que aún existes, en alguna parte.
Sobre mi lecho te entregué al Señor. Una cama en la cual mi sueños ya no se concilian. Sepulte tu cuerpo tan profundo como pude y has escapado de la tumba , para venir y hacer pedazos toda voluntad en mí. Juro por el dios al que solías encomendarte que te buscaré al otro lado del portal para terminar mi tarea. Pero, por ahora… sólo sé que estoy ardiendo.

Saturday, November 20, 2010

Te diré algo...

Y ella me dijo una vez una verdad alejada de toda duda o sesgo: Sabía cómo funcionaba mi mente. Pero le costaba trabajo descifrar aquello que en su interior exstía.
Tanta razón destilaban sus frases, en secuencias que acomodaban golpe tras golpe dirigidos a mi intelecto más puro. El intelecto instintivo y nada desarrollado, que permite desenvolver emociones súbitas. Al final del día, no yo podía seguir el hilo de mis propias ideas.
¿Es acaso el costo innato de la consciencia? El debate sobre ello con mi interlocutor exclusivo, un inoportuno otro yo, se alargó más allá de lo recomendable al cruzar una calle. Por pocos centímetros, estar conciente de la conciencia casi ne resulta mortífero. Si las estadísticas dijeran algo sobre gente perdiendo la vida a mitad de sus cavilaciones, el libre albedrío sería un problema de salud pública y no un delíto pertenciente al fuero común.
¿Conciente de qué, al final de cuentas? No es noticia de primera plana ya la miseria política, social y económica del mundo. Así que no culpes a la escasa longitud cerbral que tenía Milton Ftriedman, exhibida al pasatr por alto la calidad de vida obrera en una curva de Phillips, por tu desilución frente al orden mundial. Tampoco culpes a tu desilución frente al oden mundial por tu desencanto ante la vida. Finalmente, deja de responsabilizar a tu desencanto ante la vida de tu anti-socialismo. Es decir, fracasar mserablemente en el trato humano, sea cual fuere su modo de producción.
Toda esta mierda pasa una y otra vez, cual ruleta rusa, frente a tus ojos y conquista, poco a poco, la totalidad de tu pensamiento. Pero, ¿por qué? ¿Por su silencio? Te das cuenta que su repentino enmudecimient quizá no se deba a las irrespetuosas e incoherente palabras que salieron de tus labios. No. Es por actuar pensando con tu desesperanza y no con las neuronas. Tarde, ahora, tu sistema nervioso entra en sinapsis absoluta y tardía. En conjunto trabaja ahora, de mala forma y cuando de nada sirve.
Hablar con la desesperación trae consecuencias. La primera es el nublamiento de las perspectivas. La segunda es el nublamiento del ser. La tercera es una ceguera terrible acompañada de un deja vu brutal. Todo ser actua en un impulso final de supervivencia. Casi siempre en las mismas circuntancias.
Y mientras tanto, sigues aquí, esperando esas palabras suyas que bastarán para sanarte. Y escribes, encadenas versos en prosa uno tras otro. Parte para intentar comprender qué demonios ocurre. Que demonios pasó. ¿En realidad esto es completamente la consecuencia de mis actos o sólo una mala racha? Si es reacción a mi acción ¿qué pecados estoy pagando? ¿Consideras tú mis faltas una ofensa capital? ¿o sólo me he linchado personalmente todo este tiempo, sin crimen que perseguir?
Y en ese momento veo tu mirada frente a mi....
ante tu silencio no hay más que un suspiro...
si ojalá supiera si arriesgar una palabra al viento... o sólo continua mi camino...
justo como me lo has pedido tantas veces...

Wednesday, August 4, 2010

Existencia

"Una mirada a un espejo de piedra no basta para reconocerse"
Quisiera poder levantarme sin que mis manos agonicen. Pero, en virtud, de las circunstancias, la dolorosa sensación en las muñecas es ya un buen augurio. Desconozco si el doctor que tengo por amigo pueda responder un llamado a estas horas. Mejor no. Seguro algún desdichado que parpadeo con una motosierra en mano esté esperando por sus servicios. Dejemos al hipotético pobre hombre el lugar de privilegio.
Una vieja lata de cerveza me recuerda dónde he estado las últimas tres noches. Y dónde he estaré las siguientes cinco horas. Frente al ordenador, esperando tus palabras. Me has prohibido tus ojos y me has negado la voz. Miserable consuelo el que me has dejado. Pero, sin vergüenza o reclamo, lo acepto. Esas paladeadas de bits me recuerdan que estoy vivo.
Y me dices cuanto has llorado. Y me duele saberlo. Me aterra saberme en un estado de mentira automatica. Casi todo lo que sale de mi lleva la etiqueta de falacia tatuada en cualquiera que sea su esencia. Reducido a paria, me cuesta quererte. Me devora la conciencia mi fallo. y sí, me lo he ganado.
Pero quiero pelear...
Música de sombras es mi marcha de combate. ¿Qué más podría esperar cuando te escucho hablar entre cada verso de Rita Guerrero y Santa Sabina? ¿O si me imagino una danza macabra a tu lado, en los fóbicos brazos de Cantodea? Y todo se mueve a tu alrededor... porque a tu alrededor se movia cuando estaba lejos.
Sí, quería dejar de pensar en ti. O, al menos, en cuanto tiempo faltaba para que llegaras. Pero en medio de una partida de Mortal Kombat comencé a hablar como si fueras mi oponente. Supe de tu reciente adicción por los juegos de video. Una pasión que por años desee compartir contigo.
Y miro al lado y no estas. No soy cristiano, pero me haces rogar a Jesús que tu presencia no sea un espejismo. Me siento vivo ahora, tan vivo compartiendo vida y añoranzas, que no quiero que al darme cuenta de que esta allí se rompa. Como yo lo hice. Y me dolió hacerlo. Al punto de despertar en medio de un lugar extraño, preguntándome porqué no regresaba por lo que fue nuestro.
Y letras que no existían comienzan a resucitar.
Tu leas das espíritu.
No nos niegues la existencia.

Existencia

Monday, August 2, 2010

Calentamiento No. 1: Spc+Ctrl+ C...Ctrl+ V

"Éste es el juego del calentamiento... hay que seguir...las órdenes del sargento..."
¿Qué hacer para hacer arder a la ciudad en llamas?
Los vientos del norte, aún lejanos, anuncian fúenebres los juicios infernales. ¿Acaso no escuchas el silencio del fuego, dulce agonía de mis entrñas? El asfalto se derrite impunemente y tú, sumergida en esa suburbana esperanza, aguardas lentamente por la ingrata eternidad de la inexistencia.
Una mirada fría, cuyo candor ya ha sido apaciguado por la desesperanza, se niega a sucumbir ante los efectos de la resaca vitalicia. La vida, pecado original que se lava en el sacramento mortuorio, ya no luce en tus pupilas. Vaya extrañeza, amante mía, que todavía te mantengas contribuyendo a la catástrofe ambiental, exhalando carbono.
Y Dios se ríe de mi, rodeado de sus demonios. Jugando con mi existencia al ajedrez, en un tablero donde vas ataviada cual dama. Un simple peón va en tu cacería, un alfil te acosa en la lejanía. La religión, impía, sabe que basta una movimiento de tus manos para terminar con este asunto y sepultarlos a ambos.
¿Acaso el cardenal desconoce tus atributos? Hechicera apátrida, inmisericorde piadosa. Manipulas y sueñas que las jugadas suceden al revés. Conocedora de posiciones, te desvaneces en la bruma. La frontera entre lo que se mira y lo que se desconoce es tu guarida. Desde allí, vigilas lo evidente y lo transformas en converso creyente de lo que aún no existe. ¿Existirá? Ni tu misma lo sabes... y aún en medio de esa duda, eres capaz de transformarle el ser.
Una fila de cicatrices cubren tu carne. Marcas de la humanidad que te ha sido arrebatada. Cruento testimonio de las lágrimas que se han secado. Sin embargo, desde hace ya muchos ayeres son noticia pasada, aunque ruegues al sagrario por su actualidad. La santa inquisición de la carne ha ejecutado tu espíritu, por más que hayas suplicado clemencia.
Si acaso has demostrado algo, es tu naturaleza demoníaca. Sierva de Dios en carne, combates al maligno, atentando contra tu naturaleza, para ganarte el favor de los fieles incautos. Sutil estrategia de dulces ganancias, tu acceso más sencillo al banquete de las almas.
Y aún así, en medio del caótico azar te pintas los párpados y vas a misa los domingos. Sonriendo ante el crucificado cadaver que devoras con el canibalismo de tu mirada. Bendita seas, oscura sinfonía-

Friday, April 16, 2010

Bruma roja entre las zarzas

Recordando ciertas cuestiones... recordé que este trabajo merece sin duda ser publicado... gracias a que alguien me recordó desempolvarlo... a tu salud..

Cincuenta y siete años cuenta su cédula de identidad. Confinado a un ataúd de barrotes fundidos con acero, mantiene la mirada típica de una bestia de circo. Aparenta ser manso, pero en el fondo te devora la angustia de que en cualquier momento sus garras te hagan pedazos. Observa tus ojos con desdén, al tiempo que un guardia policial ruso recita su nombre completo.

Una voz que combina rigidez y temor declama. “Andrei Romanovich Chikatilo”. Todos los presentes simula la de las cincuenta y tres personas que ultimó. El silencio brota de respiraciones entrecortadas. Atado de pies y manos, lo acercan a una zona de contacto. Lo sientan, mientras me lanza la misma mirada de un atado perro de presa. Entre sus pupilas, corre un abismo de sangre. Cualquiera de corazón endeble, podría perderse en él.

Conoce su destino. No tiene nada que perder. Sus palabras brotan de nuevo, al tiempo que pone sus fuertes y blanquecinas manos sobre la mesa. “Mira ahora lo que tienes. Lo que le hacen a un respetable miembro de la sociedad. Los jóvenes de ahora no tienen moral. Soy viejo y me tratan así. No me lo explico”.

Comenzaba, así, un viaje en la mente del ‘Carnicero de Rostov’.

Podría parecer un absoluto acto de cinismo. Sin embargo, miras la sobriedad de su rostro y su mirada perdida entre las rejas. De no ser por esa sonrisa tímida tornada en salvaje. Un recordatorio que al sujeto frente a mi, los criminales más sádicos del lugar lo llaman monstruo. La prisión de Norvocherkaask se ha transformado en un témpano.

El miedo me hace olvidar los puntos más básicos de mi oficio. Mandar al demonio todas y cada una de las preguntas obligadas. Por humanidad misma, cuando eres testigo de un hombre que ha torturado y matado a decenas, todo cuestionamiento se reduce a uno: ¿Por qué?

“Tengo una esposa y dos hijos. Un trabajo decente. Sin embargo, aún no tengo el respeto que una persona como yo merece. A diferencia de todos ellos, yo tengo un grado universitario. Merezco vivir más que ellos. Sólo míralos. Clávate en sus ojos y descubrirás que son escoria.”

¿Por qué un ciudadano ejemplar mataría por respeto? Lo miro una y otra vez. No encuentro ya más rasgo de humanidad en su rostro que las solas facciones y la existencia de emociones. Pero, todo parece producto de un instinto. Indago sobre su pasado. De escarbar en el tiempo surgen muchas conclusiones importantes. En medio del terror, busco un poco de inocencia cuestionándole sobre su niñez. Mis expectativas se vinieron abajo con unas cuantas frases.

“Imagina tu infancia a mitad de una hambruna. La promesa de igualdad se había roto. No era más que un niño malformado por la desnutrición que se arrastraba en harapos por la nieve, rogando por una migaja de pan. Jamás fui fuerte, ni estético. Era una pieza de circo ante mis compañeros de colegio. Seguramente esperas, como todos esos psiquiatras dementes, que de allí venga mi ansia de muerte. Lamento decepcionarte”.

De la anda, su cuerpo fue atacado por compulsos movimientos de manía. En una desesperación absoluta, se deshizo de los pocos ajustados pantalones que compone su uniforme de prisión. Con una sonrisa abstracta, acercó a mí su pelvis. De ella colgaba su pene, en un mortuorio estado de flacidez. Los policías presentes tratan de detenerlo. Lo impido con una sencilla seña. Chikatilo sólo se limita a esbozar una risa inaudible. Con incredulidad, escucho sus palabras

“Jamás pude hacer algo con él. Me era completamente inservible. No era más allá de un absurdo estorbo. Hasta el día en que el olor de mi sangre logró despertarlo. Tú no sabes la delicia de sentir la dulce tibieza de la sangre fresca. Es una sensación de ensueño. Un despertar para el alma”.

De un hombre así, cualquier respuesta es posible. Sin embargo, él notó en mi mirada un dejo de incredulidad. Adivinó una de tantas preguntas que mi cabeza barajaba, en una azarosa ruleta rusa de dudas y razonamientos inconclusos. La partida la está ganando el rey negro. Las piezas me ponen en jaque. Sin más, complementa su respuesta.

“Hacer pedazos a un ser humano es una sensación de poder. Cuando eres tratado como un subhumano, subyugado ante la crueldad social, disfrutas cada momento. Paladee cada corte sobre esos pedazos de carne sucia. Devoré un poco de ellos, cuando valían la pena. No lo hice mucho, aunque a veces, sólo unas cuantas, me derretía por devorar las partes más blandas. De todas ellas, la sangre más deliciosa era la de las niñas. Su pureza virginal la hace más dulce, a diferencia de la amargura natural de un abatido cuerpo adulto”.

Una descarga de incredulidad sacude mi maltrecho raciocinio. He bajado a la mente del asesino. Una realidad donde la brutalidad es arte puro. Un mundo construido en carmesí. Sus labios se lubrican con saliva caliente, esperando el milagro de paladear una vez más la violencia. Agita la celda como un animal hambriento. El hostil tolete de un guardia lo devuelve a la calma.

Hundirse en el desfiladero de la crueldad no ayuda a obtener respuestas. Sin embargo, abre horizontes hacia la certidumbre. Lo máximo que se puede obtener, ya que la comprensión es imposible ante la matanza. Menos, cuando hay niños involucrados. Titubeante, cuestiono al demente autoproclamado sobre las creaturas que segó. Su mirada se apaga al instante.

Inclina la cabeza. Su semblante se enfría y dibuja una señal de duelo. Le duele respirar. Aún así, de su boca nace un débil susurro. “Son tan pequeños e inocentes. Sólo quiero protegerlos. Yo les arranqué el corazón. Pero allá afuera, el mundo adulto les cortará las alas y les destrozará el alma. Sólo era un acto de amor”.

¿Cómo se puede hablar de amor cuando se derrama sangre? Ante mi cuestionamiento en medio de la perplejidad, el rostro de Chikatilo se ensombreció, aun más, en ternura. Un recuerdo de todo lo que había dejado atrás. De la primera de sus víctimas, una pequeña de sólo nueve años.

“Adoro a los niños. Ellos me acercaron a mi mujer, que se enamoro de mí debido a mi entregada pasión en la docencia. Tengo hijos. Sé cómo tratarlos. Le prometí a tan dulce angel que viniera conmigo. Estaba perdida, un tanto abandonada. La llevé a mi cabaña y le hice el amor, aunque ella no comprendía mi ternura. Después, la liberé de sus cadenas. Gracias a mí, dejó este mundo donde se romperían sus ilusiones”.

“Amo a los niños. Chicos y chicas por igual. Los colmé de regalos y les dibujé una sonrisa. Después, abrí sus cuerpecitos para que el alma se suspendiera libremente. Fue mi mayor regalo. Su absoluta libertad”.

Quedaban más cuestionamientos sobre el resto de las víctimas. Sin embargo, una pareja de oficiales alejan de mi vista a un reflexivo hombre. Poco antes de encerrarlo nuevamente, un fulgor en su mirada me llama. Ha ganado la partida. Me ha congelado el corazón y, con su demencia como cuchillo, me ha arrancado toda fe en la humanidad.

Dos días después le daban la completa libertad. Arrastrado como perro, a mitad de una nevada, fue puesto de rodillas. Alrededor, un grupo de oficiales, miembros de la milicia y algún periodista con la cordura en duda, servían de testigos. El verdugo, acercó su brazo a la nuca del monstruo. Esbozó una extraña sonrisa. Más allá de la justicia, se cumplia una rara venganza.

El martillo golpeó el detonador. Su inerte cuerpo cayó ante la maniática mirada de los presentes. Su sangre ruborizó las nieves prístinas de febrero. Nuevas flores brotarán en la primavera.


Friday, March 12, 2010

Sol de Sangre al Sur del Cielo

Instrucciones:
1) Dele play a esto. Le servirá como fondo musical:



2) Lea

El pisto corre sobre la calle uno, cual si fuera un caudal agrio. Hijos de la eterna fiesta, un puñado de chavalillos se consume despacio. Se ahoga en el alcohol, se asfixia en el polvo. Encarnan al mismo demonio con los ojos enrojecidos, exhalando furiosamente el penetrante aroma de la hierba seca. Son las horas sagradas previas al amanecer y Tijuana finge dormir, esperando encontrar a la muerte en una bala perdida, un cadáver en la carretera o, como el caso de Arturo, consumiendo todo mientras su ser se consume.
Una guarida en la calle uno es el hogar nocturno para estas fieras de sangre caliente. Muros de concreto desnudo abrigan, cual caverna, a seres humanos que han abandonado su humanidad. En medio del exceso no les queda más que el instinto. Así, mientras nuestro protagonista tira los dados del cubilete sólo por reflejo, ha olvidado quitar la jeringa de su brazo. Lleva diez minutos sangrando. Nadie le pone atención.
Absortos en un estado inferior de conciencia, omiten la escena oculta tras el claroscuro. Dos focos de treinta watts mal colocados no ofrecen una mejor perspectiva. En la esquina de la habitación, como una sombra, Alberto, un cuetito de tan sólo quince años, se mea en el piso sin el menor pudor o pena. Por su parte, Armando miraba con una sonrisa maniática como una prostituta, arrastrada por una bolsita de polvo al decadente cuadro, devoraba su falo arrodillada cual monja ante el sagrario. Sólo un momento separó sus ojos de los gruesos labios que acariciaban su masculinidad. Arturo se negaba a pagar la apuesta. Un compañero de juego, sin dudarlo, sacó una escuadra.
Como buenos briagos, todo se calmó con un abrazo. Armando, como buen capataz, sabía que aún borrachos sus hombres no estaban tan pendejos como para matarse entre sí. Volvió a lo suyo, sentando en una silla de plástico a su mujerzuela. Le separó las piernas, pensando en mirar como su amada 45, esa que lo había sacado de tantos pedos, rasgaba las carnes más profundas en la putita que se encontró allá por Agua Caliente, a tres cuadras de la casa de Hank. Hurgando bajo la falda, sólo se le pudo mirar una mirada de asco. Se levantó y sin mayor explicación, su fusca despedazó el cráneo de un hombre que perdió su dignidad por el vicio, obligado a prostituirse por una mota de polvo.
Cuando las calles revelaron sus colores, los vecinos encontraron abandonado el sitio. El aroma a placeres y muerte los condujo a la silla, donde la mirada aterrada de Andrés Martín contemplaba el techo. Con ropas de ramera y el miembro de fuera, era presa fácil para los fotógrafos ávidos del mayor morbo posible. Rosalba, una buena samaritana, cubrió el remedo de cuerpo con una cobija, conciente del dolor y la vergüenza que pasarían los suyos al ver publicada una foto así en los diarios.
A unas cuantas calles de ahí, un par de borrachos a medio dormir seguían discutiendo. Un debate sobre la importancia de los valores: ¿Cuánto vale un par? ¿Cuánto vale un full?

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