Wednesday, August 4, 2010
Existencia
Quisiera poder levantarme sin que mis manos agonicen. Pero, en virtud, de las circunstancias, la dolorosa sensación en las muñecas es ya un buen augurio. Desconozco si el doctor que tengo por amigo pueda responder un llamado a estas horas. Mejor no. Seguro algún desdichado que parpadeo con una motosierra en mano esté esperando por sus servicios. Dejemos al hipotético pobre hombre el lugar de privilegio.
Una vieja lata de cerveza me recuerda dónde he estado las últimas tres noches. Y dónde he estaré las siguientes cinco horas. Frente al ordenador, esperando tus palabras. Me has prohibido tus ojos y me has negado la voz. Miserable consuelo el que me has dejado. Pero, sin vergüenza o reclamo, lo acepto. Esas paladeadas de bits me recuerdan que estoy vivo.
Y me dices cuanto has llorado. Y me duele saberlo. Me aterra saberme en un estado de mentira automatica. Casi todo lo que sale de mi lleva la etiqueta de falacia tatuada en cualquiera que sea su esencia. Reducido a paria, me cuesta quererte. Me devora la conciencia mi fallo. y sí, me lo he ganado.
Pero quiero pelear...
Música de sombras es mi marcha de combate. ¿Qué más podría esperar cuando te escucho hablar entre cada verso de Rita Guerrero y Santa Sabina? ¿O si me imagino una danza macabra a tu lado, en los fóbicos brazos de Cantodea? Y todo se mueve a tu alrededor... porque a tu alrededor se movia cuando estaba lejos.
Sí, quería dejar de pensar en ti. O, al menos, en cuanto tiempo faltaba para que llegaras. Pero en medio de una partida de Mortal Kombat comencé a hablar como si fueras mi oponente. Supe de tu reciente adicción por los juegos de video. Una pasión que por años desee compartir contigo.
Y miro al lado y no estas. No soy cristiano, pero me haces rogar a Jesús que tu presencia no sea un espejismo. Me siento vivo ahora, tan vivo compartiendo vida y añoranzas, que no quiero que al darme cuenta de que esta allí se rompa. Como yo lo hice. Y me dolió hacerlo. Al punto de despertar en medio de un lugar extraño, preguntándome porqué no regresaba por lo que fue nuestro.
Y letras que no existían comienzan a resucitar.
Tu leas das espíritu.
No nos niegues la existencia.
Monday, August 2, 2010
Calentamiento No. 1: Spc+Ctrl+ C...Ctrl+ V
¿Qué hacer para hacer arder a la ciudad en llamas?
Los vientos del norte, aún lejanos, anuncian fúenebres los juicios infernales. ¿Acaso no escuchas el silencio del fuego, dulce agonía de mis entrñas? El asfalto se derrite impunemente y tú, sumergida en esa suburbana esperanza, aguardas lentamente por la ingrata eternidad de la inexistencia.
Una mirada fría, cuyo candor ya ha sido apaciguado por la desesperanza, se niega a sucumbir ante los efectos de la resaca vitalicia. La vida, pecado original que se lava en el sacramento mortuorio, ya no luce en tus pupilas. Vaya extrañeza, amante mía, que todavía te mantengas contribuyendo a la catástrofe ambiental, exhalando carbono.
Y Dios se ríe de mi, rodeado de sus demonios. Jugando con mi existencia al ajedrez, en un tablero donde vas ataviada cual dama. Un simple peón va en tu cacería, un alfil te acosa en la lejanía. La religión, impía, sabe que basta una movimiento de tus manos para terminar con este asunto y sepultarlos a ambos.
¿Acaso el cardenal desconoce tus atributos? Hechicera apátrida, inmisericorde piadosa. Manipulas y sueñas que las jugadas suceden al revés. Conocedora de posiciones, te desvaneces en la bruma. La frontera entre lo que se mira y lo que se desconoce es tu guarida. Desde allí, vigilas lo evidente y lo transformas en converso creyente de lo que aún no existe. ¿Existirá? Ni tu misma lo sabes... y aún en medio de esa duda, eres capaz de transformarle el ser.
Una fila de cicatrices cubren tu carne. Marcas de la humanidad que te ha sido arrebatada. Cruento testimonio de las lágrimas que se han secado. Sin embargo, desde hace ya muchos ayeres son noticia pasada, aunque ruegues al sagrario por su actualidad. La santa inquisición de la carne ha ejecutado tu espíritu, por más que hayas suplicado clemencia.
Si acaso has demostrado algo, es tu naturaleza demoníaca. Sierva de Dios en carne, combates al maligno, atentando contra tu naturaleza, para ganarte el favor de los fieles incautos. Sutil estrategia de dulces ganancias, tu acceso más sencillo al banquete de las almas.
Y aún así, en medio del caótico azar te pintas los párpados y vas a misa los domingos. Sonriendo ante el crucificado cadaver que devoras con el canibalismo de tu mirada. Bendita seas, oscura sinfonía-
Friday, April 16, 2010
Bruma roja entre las zarzas
Cincuenta y siete años cuenta su cédula de identidad. Confinado a un ataúd de barrotes fundidos con acero, mantiene la mirada típica de una bestia de circo. Aparenta ser manso, pero en el fondo te devora la angustia de que en cualquier momento sus garras te hagan pedazos. Observa tus ojos con desdén, al tiempo que un guardia policial ruso recita su nombre completo.
Una voz que combina rigidez y temor declama. “Andrei Romanovich Chikatilo”. Todos los presentes simula la de las cincuenta y tres personas que ultimó. El silencio brota de respiraciones entrecortadas. Atado de pies y manos, lo acercan a una zona de contacto. Lo sientan, mientras me lanza la misma mirada de un atado perro de presa. Entre sus pupilas, corre un abismo de sangre. Cualquiera de corazón endeble, podría perderse en él.
Conoce su destino. No tiene nada que perder. Sus palabras brotan de nuevo, al tiempo que pone sus fuertes y blanquecinas manos sobre la mesa. “Mira ahora lo que tienes. Lo que le hacen a un respetable miembro de la sociedad. Los jóvenes de ahora no tienen moral. Soy viejo y me tratan así. No me lo explico”.
Comenzaba, así, un viaje en la mente del ‘Carnicero de Rostov’.
Podría parecer un absoluto acto de cinismo. Sin embargo, miras la sobriedad de su rostro y su mirada perdida entre las rejas. De no ser por esa sonrisa tímida tornada en salvaje. Un recordatorio que al sujeto frente a mi, los criminales más sádicos del lugar lo llaman monstruo. La prisión de Norvocherkaask se ha transformado en un témpano.
El miedo me hace olvidar los puntos más básicos de mi oficio. Mandar al demonio todas y cada una de las preguntas obligadas. Por humanidad misma, cuando eres testigo de un hombre que ha torturado y matado a decenas, todo cuestionamiento se reduce a uno: ¿Por qué?
“Tengo una esposa y dos hijos. Un trabajo decente. Sin embargo, aún no tengo el respeto que una persona como yo merece. A diferencia de todos ellos, yo tengo un grado universitario. Merezco vivir más que ellos. Sólo míralos. Clávate en sus ojos y descubrirás que son escoria.”
¿Por qué un ciudadano ejemplar mataría por respeto? Lo miro una y otra vez. No encuentro ya más rasgo de humanidad en su rostro que las solas facciones y la existencia de emociones. Pero, todo parece producto de un instinto. Indago sobre su pasado. De escarbar en el tiempo surgen muchas conclusiones importantes. En medio del terror, busco un poco de inocencia cuestionándole sobre su niñez. Mis expectativas se vinieron abajo con unas cuantas frases.
“Imagina tu infancia a mitad de una hambruna. La promesa de igualdad se había roto. No era más que un niño malformado por la desnutrición que se arrastraba en harapos por la nieve, rogando por una migaja de pan. Jamás fui fuerte, ni estético. Era una pieza de circo ante mis compañeros de colegio. Seguramente esperas, como todos esos psiquiatras dementes, que de allí venga mi ansia de muerte. Lamento decepcionarte”.
De la anda, su cuerpo fue atacado por compulsos movimientos de manía. En una desesperación absoluta, se deshizo de los pocos ajustados pantalones que compone su uniforme de prisión. Con una sonrisa abstracta, acercó a mí su pelvis. De ella colgaba su pene, en un mortuorio estado de flacidez. Los policías presentes tratan de detenerlo. Lo impido con una sencilla seña. Chikatilo sólo se limita a esbozar una risa inaudible. Con incredulidad, escucho sus palabras
“Jamás pude hacer algo con él. Me era completamente inservible. No era más allá de un absurdo estorbo. Hasta el día en que el olor de mi sangre logró despertarlo. Tú no sabes la delicia de sentir la dulce tibieza de la sangre fresca. Es una sensación de ensueño. Un despertar para el alma”.
De un hombre así, cualquier respuesta es posible. Sin embargo, él notó en mi mirada un dejo de incredulidad. Adivinó una de tantas preguntas que mi cabeza barajaba, en una azarosa ruleta rusa de dudas y razonamientos inconclusos. La partida la está ganando el rey negro. Las piezas me ponen en jaque. Sin más, complementa su respuesta.
“Hacer pedazos a un ser humano es una sensación de poder. Cuando eres tratado como un subhumano, subyugado ante la crueldad social, disfrutas cada momento. Paladee cada corte sobre esos pedazos de carne sucia. Devoré un poco de ellos, cuando valían la pena. No lo hice mucho, aunque a veces, sólo unas cuantas, me derretía por devorar las partes más blandas. De todas ellas, la sangre más deliciosa era la de las niñas. Su pureza virginal la hace más dulce, a diferencia de la amargura natural de un abatido cuerpo adulto”.
Una descarga de incredulidad sacude mi maltrecho raciocinio. He bajado a la mente del asesino. Una realidad donde la brutalidad es arte puro. Un mundo construido en carmesí. Sus labios se lubrican con saliva caliente, esperando el milagro de paladear una vez más la violencia. Agita la celda como un animal hambriento. El hostil tolete de un guardia lo devuelve a la calma.
Hundirse en el desfiladero de la crueldad no ayuda a obtener respuestas. Sin embargo, abre horizontes hacia la certidumbre. Lo máximo que se puede obtener, ya que la comprensión es imposible ante la matanza. Menos, cuando hay niños involucrados. Titubeante, cuestiono al demente autoproclamado sobre las creaturas que segó. Su mirada se apaga al instante.
Inclina la cabeza. Su semblante se enfría y dibuja una señal de duelo. Le duele respirar. Aún así, de su boca nace un débil susurro. “Son tan pequeños e inocentes. Sólo quiero protegerlos. Yo les arranqué el corazón. Pero allá afuera, el mundo adulto les cortará las alas y les destrozará el alma. Sólo era un acto de amor”.
¿Cómo se puede hablar de amor cuando se derrama sangre? Ante mi cuestionamiento en medio de la perplejidad, el rostro de Chikatilo se ensombreció, aun más, en ternura. Un recuerdo de todo lo que había dejado atrás. De la primera de sus víctimas, una pequeña de sólo nueve años.
“Adoro a los niños. Ellos me acercaron a mi mujer, que se enamoro de mí debido a mi entregada pasión en la docencia. Tengo hijos. Sé cómo tratarlos. Le prometí a tan dulce angel que viniera conmigo. Estaba perdida, un tanto abandonada. La llevé a mi cabaña y le hice el amor, aunque ella no comprendía mi ternura. Después, la liberé de sus cadenas. Gracias a mí, dejó este mundo donde se romperían sus ilusiones”.
“Amo a los niños. Chicos y chicas por igual. Los colmé de regalos y les dibujé una sonrisa. Después, abrí sus cuerpecitos para que el alma se suspendiera libremente. Fue mi mayor regalo. Su absoluta libertad”.
Quedaban más cuestionamientos sobre el resto de las víctimas. Sin embargo, una pareja de oficiales alejan de mi vista a un reflexivo hombre. Poco antes de encerrarlo nuevamente, un fulgor en su mirada me llama. Ha ganado la partida. Me ha congelado el corazón y, con su demencia como cuchillo, me ha arrancado toda fe en la humanidad.
Dos días después le daban la completa libertad. Arrastrado como perro, a mitad de una nevada, fue puesto de rodillas. Alrededor, un grupo de oficiales, miembros de la milicia y algún periodista con la cordura en duda, servían de testigos. El verdugo, acercó su brazo a la nuca del monstruo. Esbozó una extraña sonrisa. Más allá de la justicia, se cumplia una rara venganza.
El martillo golpeó el detonador. Su inerte cuerpo cayó ante la maniática mirada de los presentes. Su sangre ruborizó las nieves prístinas de febrero. Nuevas flores brotarán en la primavera.
Friday, March 12, 2010
Sol de Sangre al Sur del Cielo
1) Dele play a esto. Le servirá como fondo musical:
2) Lea
El pisto corre sobre la calle uno, cual si fuera un caudal agrio. Hijos de la eterna fiesta, un puñado de chavalillos se consume despacio. Se ahoga en el alcohol, se asfixia en el polvo. Encarnan al mismo demonio con los ojos enrojecidos, exhalando furiosamente el penetrante aroma de la hierba seca. Son las horas sagradas previas al amanecer y Tijuana finge dormir, esperando encontrar a la muerte en una bala perdida, un cadáver en la carretera o, como el caso de Arturo, consumiendo todo mientras su ser se consume.
Una guarida en la calle uno es el hogar nocturno para estas fieras de sangre caliente. Muros de concreto desnudo abrigan, cual caverna, a seres humanos que han abandonado su humanidad. En medio del exceso no les queda más que el instinto. Así, mientras nuestro protagonista tira los dados del cubilete sólo por reflejo, ha olvidado quitar la jeringa de su brazo. Lleva diez minutos sangrando. Nadie le pone atención.
Absortos en un estado inferior de conciencia, omiten la escena oculta tras el claroscuro. Dos focos de treinta watts mal colocados no ofrecen una mejor perspectiva. En la esquina de la habitación, como una sombra, Alberto, un cuetito de tan sólo quince años, se mea en el piso sin el menor pudor o pena. Por su parte, Armando miraba con una sonrisa maniática como una prostituta, arrastrada por una bolsita de polvo al decadente cuadro, devoraba su falo arrodillada cual monja ante el sagrario. Sólo un momento separó sus ojos de los gruesos labios que acariciaban su masculinidad. Arturo se negaba a pagar la apuesta. Un compañero de juego, sin dudarlo, sacó una escuadra.
Como buenos briagos, todo se calmó con un abrazo. Armando, como buen capataz, sabía que aún borrachos sus hombres no estaban tan pendejos como para matarse entre sí. Volvió a lo suyo, sentando en una silla de plástico a su mujerzuela. Le separó las piernas, pensando en mirar como su amada 45, esa que lo había sacado de tantos pedos, rasgaba las carnes más profundas en la putita que se encontró allá por Agua Caliente, a tres cuadras de la casa de Hank. Hurgando bajo la falda, sólo se le pudo mirar una mirada de asco. Se levantó y sin mayor explicación, su fusca despedazó el cráneo de un hombre que perdió su dignidad por el vicio, obligado a prostituirse por una mota de polvo.
Cuando las calles revelaron sus colores, los vecinos encontraron abandonado el sitio. El aroma a placeres y muerte los condujo a la silla, donde la mirada aterrada de Andrés Martín contemplaba el techo. Con ropas de ramera y el miembro de fuera, era presa fácil para los fotógrafos ávidos del mayor morbo posible. Rosalba, una buena samaritana, cubrió el remedo de cuerpo con una cobija, conciente del dolor y la vergüenza que pasarían los suyos al ver publicada una foto así en los diarios.
A unas cuantas calles de ahí, un par de borrachos a medio dormir seguían discutiendo. Un debate sobre la importancia de los valores: ¿Cuánto vale un par? ¿Cuánto vale un full?
3) Dele play a este tema también:
Sunday, February 14, 2010
Una noche para arrancarte el corazón
Los viejos cuentan que, en sus años, las noches de baile iluminadas por bellas damas eran coronadas con un buen danzón a su salud. Comprensible, pues sin carne de calidad, ni el más fino licor da sabor. Aunque una fecha como el festejo a San Valentín cobraría sentido con una velada de aquellas, parece éste el sitio más lejano para la venta de tarjetas con corazones y colchones encarecidos en hoteles de paso. Y muy, muy cercano a la forma en que el amoroso beato terminó sus días: ardiendo vivo.
Aquí, en un viejo cine conocido ahora como Circo Volador, 3 mil personas han venido casi a matarse. En un 14 de febrero cuyo único significado es atestiguar el poder en vivo de Cannibal Corpse, banda metalera de Florida, dar cátedra de romance. Por supuesto, para quienes versos como “observo cada movimiento, sé cuando estás sola…mi cuchillo se clava en lo más profundo”, son sinónimo de la carnalidad más pura.
Cuesta creer las posibilidades de encontrar el amor verdadero en un sitio como este, donde los golpes en el Slam son el menú del día. Sin embargo, basta echar un vistazo a la multitud para notar como el mundo de corazoncitos rosas puede irse al demonio con sus regalos interesados o cenas por mero compromiso. En ningún lado se ama tanto al grado de poder arrancarte el corazón en el menos retórico de los sentidos.
La masa humana es un ejemplo de unidad nacional. Apretujados hasta la asfixia se amontonan hacia el centro del escenario, intentando alcanzar a como de lugar estar tan cerca de los músicos al punto de oler su aliento. No muy lejos de ahí, brota el calor humano. Así mismo lo hacen el sudor humano y otras tantas cosas, en un Slam multitudinario, donde los más recios seguidores reparten muestras de afecto. O eso es lo más agradable para pensar.
Justo frente a los músicos, una pareja se abraza. Ella, una mujer menudita, de cabellos y mirada luctuosos, se coloca junto a la valla que separa a los rabiosos seguidores de sus héroes. Él le entrega, en público, la prueba de amor: resiste empujones, codazos, patadas y uno que otro escupitajo sin chistar. Todo para sacar de aquí a su reinita lo más ilesa posible, cubriéndola con sus brazos, como no queriendo que estos salvajes la arranquen de su lado. Tiene cara de llevar no mucho tiempo como su pareja. Y de no saber, hasta hace muy poco,de la afición de su princesa a estos desmadres.
La horda de head bangers (nombre recibido por aquellos amantes del heavy metal que gustan de agitar la cabeza al son de la música) tiene en sus filas a un puñado de chicas. La más visible, una nena a quien el piropo de “chaparrita cuerpo de uva” le quedaría perfecto. No sólo por su complexión. También por el color morado que inunda toda su cabellera. Se nota como resulta visible entre el gentío, pues Alex Webster, el bajista, le dirige una breve mirada. El rockero agita su bajo con velocidad, marcando el comienzo de una rola con el sutil título de “Me vengo en sangre”.
Nuestra colorida amiga, aguanta la masacre consecuente de los batacazos a todo galope, en una expresión de amor puro por la banda. A final de cuentas, ninguna novia se pondría al tú frente a un torote con pinta de liniero defensivo en el Slam, sólo por mero cariño. Dicha demostración de afecto se mira más auténtica comparada con la festividad de los enamorados de un Santo que se dice ciego, loco y le da por perderse en parajes nada finos como un motel y lugares muy románticos como los Vips para desayunar.
Tanto afecto sobrepasó los límites. La barrera de seguridad’, la cual separa al escenario del pueblo llano, se rompió a causa de esa carga emocional y física que une a la banda con los suyos. Víctor Trejo, director del recinto, llamaba a la calma, buscando disminuir el éxtasis. Una que otra mentada de madre no evitó la ganancia de tiempo para reparar el daño a la barrera. En el acto, el show y la carnicería continuaron su curso. Esta vez, la banda no fue tan gráfica en su título, nombrando a la pieza que dio continuidad al recital simplemente “Voy a matarte”.
En medio del caos organizado, una joven movía la mata sin problemas, con una larga cabellera rojiza encuadrando una mirada cortante a través de las gafas negras. Entre canción y canción se acomodaba el cabello. En “Vomit the Soul” (Vomita el alma), llevaba una coleta. Tras “Priests of Sodom” (Sacerdotes de Sodoma), ya traía un chongo. Y después de la penúltima canción “Hammer Smashed Face” (que sería en español el romántico título de Cabeza Aplastada a Mazazos) se le vio con una trenza.
Tras un piropo a su habilidad evidente de mantener el estilo, la diestra pelirroja sólo lanzó una discreta sonrisa. Sin importar el lugar, una dama jamás pierde la coquetería. Para muestra de ello, el botón estuvo puesto a mitad de un nubarrón de vapor sudoroso.
Con “Desnuda, violada y estrangulada” (que milagrosamente no es oda alguna a las ediciones del ¡Alarma!), los americanos dieron la última muestra de su poderío melódico. En un lleno total, donde se han dado cita los amantes más fieles al metal extremo, se percibe un ambiente romántico. Placer y sudor se entremezclan en el aire, testificando una noche más, donde la adrenalina derramada no pide nada de los frágiles compromisos a las orillas de la Calzada de Tlalpan. Una legión vino a matarse aquí. Eso es amor y no pendejadas.
Saturday, November 7, 2009
Asco, Pena y Pánico
-Huye
Cuando tenía ocho años, creía que escuchar voces en mi cabeza era lo más normal del mundo. Voces que jugaban y reían con un pequeño a quién, las circunstancias, el mundo no había hecho más que alimentar su misantropía futura. Esos murmullos internos acompañaban mis noches de Dragon Ball Z.
Eran compañeras de juego y aventuras cuando no tenía nadie con quien salir a jugar futbol a altas horas de la noche. En un barrio cuya única preocupación entonces era que una combi no nos retirara del juego con una barrida por detrás. Ahora, eso no es problema. Los niños ya no salen a jugar. Menos cuando encuentran, mínimo dos veces al año, un ejecutado en las canchas del parque.
La humanidad me provoca arcadas cada noche por el asco que me da. Por algo no creo en la Revolución Socialista. Es demasiada fe en un género humano que es incapaz de razonar y racionar sus actos. Creo en la justicia. Pero por momentos me parece que es un regalo injusto e innecesario para una buena parte de la sociedad. La cual la exige. Pero no se la ha ganado.
El metro, después de un día de trabajo pesado, me parece pintoresco. Gente de todos tipos, formas y colores (así, aunque suene extraño, es como se ve) comparte un tiempo y un espacio que en otras circunstancias no los uniría.
Una mujer indígena viste un colorido rebozo de tela negra. Un faldón de manta, tejido con detalles en colores incendiarios. No pide limosna. Aunque algunos le den migajas con sólo verla, las cuales no acepta quizá por dignidad. Sólo está de pie en el rincón más alejado del último vagón con sus…uno, dos, tres, seis, siete hijos. Todos ellos con ropa de tercera o cuarta mano. Aislados en el transporte público como si la regla de Cuervo Jim siguiera vigente. Todo mundo le retira la mirada. Por vergüenza, por pena e, incluso, por misericordia.
-La miseria parece ser parte del folklore
Había vuelto para jugar un poco. Pero que momento tan más inoportuno. No estaba dispuesto a discutir con él. No fueran a pensar que, por sostener un debate sobre la justicia social con mi propia mente, me presentara como un enviado de Dios. Para después grafitear la ventana y abrir fuego a discreción contra cualquiera. Aunque la idea suena poética, e incluso entretenida, en este momento no me resulta conveniente.
La insistencia arrecia cuando un contratista de limpieza argumenta que nadie merece nada especial por terminar una carrera universitaria. El arquetipo mexicano en el extranjero. Panzón, bigotón. Con acento provinciano. Le parece un crimen que un licenciado de veinticinco años, que nunca ha fregado un piso, le de órdenes. Él tiene más mérito porque llegó a donde está sin haber abierto un libro.
Mi voz me exige una defensa del proletariado ante la autoridad patronal. Pero no me es posible. Es el discurso más mediocre que me ha tocado escuchar en años. ¿Cómo se puede iniciar una revolución, cuando al pueblo le vale un carajo superarse? Porque, claro, pugnar por una mejor condición de vida es una pérdida de tiempo.
Creo que la parte que las izquierdas ocultan y las derechas predican de Ernesto Guevara hubiera salido a relucir si el Comandante viviera aún. Y claro, si se lo encontrara. No le daría un libro. Aparte de romántico, es inútil, al parecer. En vez de eso, lo mandaría ejecutar. Un proletariado tan conformista ensucia la lucha social.
Cuando termina el trayecto del metro, la voz empieza un murmullo más intenso. Tanta gente en la estación. Con tan poco tiempo para pensar, que se mueven como ganado en un redil. Caminando en manada por un pasillo frío, sucio y lúgubre, sin mirar más allá de sí mismos. Algo que suele dar frutos a las bandas de carteristas o asaltantes. Quienes dan parte del botín a la seguridad del lugar, según los secretos a voces. Voces que me piden detenerme un poco y alejarme de esa masa que pierde cada día más sus rasgos humanos.
Es lunes de puente. No hay mucha gente. Pero ha llovido. Los accesos al paradero están inundados. Tengo prisa. Debo escribir mi tarea lo antes posible o el insomnio me comerá de nuevo. No dormir con este discurso chingativo en mi cabeza es un suplicio. Mientras tanto, él se ríe de mí. De mi situación. De que estoy varado a la mitad de la noche con cientos de personas que se matarían entre sí por subirse a un autobús.
La masacre es inevitable. Por fortuna, he podido hacerme de un sitio a empujones. Pero nada como una señora, ya de edad, con una estatura corta. Lo cenizo de su cabello castaño no cubre la desesperación. Al intentas subirse a la unidad, dio un discurso de cultura cívica y urbanidad. Cinco segundos después, ejemplificaba su lección de modales dando puñetazos en el rostro a cuantos pudo. Les dedicó palabras propias de mujeres ilustres, siendo ‘puto’ lo más tierno dentro de su repertorio lexicográfico.
Ante la inevitable lección de convivencia humana, él quiso iniciar un irónico discurso sobre el tema. Le hice caso esta vez, con comentarios sarcásticos sobre la pobre señora. Quizá sea muy civilizada, sólo que igual es de Alvarado o Coatzacoalcos. O un lugar por la costa del Golfo. ¿Qué tan golfo podría llegar a ser un ser humano desesperado por las prisas?
Para no pasar por demente, simulé que comentaba todo con mi obeso compañero de asiento. Quien por cierto, me miraba como si hubiera hallado una víctima. Como si al bajar de camión, lo hiciera detrás de mi y me estrangulara por la espalda. Para después prender fuego a mi cadáver y tirarlo (o tirárselo, ya no sabe uno a que le juega) en las canchas del parque. Para que los niños tengan un año más sin poder salir a jugar.
Bajar a media noche por mi casa es algo que disfruta esa voz. Sabe jugar conmigo. Sabe que tengo miedo a la oscuridad, porque no hay otra imagen posible de la eternidad en mi cabeza. Justamente lo eterno es mi mayor fobia. Sabe que puedo correr de mi propia sombra por el pánico. La idea de que alguien apunte a mi nuca, tomándome sorpresivamente por la espalda, es una idea traumática.
-Huye-repite la voz una y otra vez. Corro despavorido de la nada. No detengo mis paso ni aunque me pueda arrollar un auto. Porque, si paro, pueden bajar la ventanilla y dispararme desde el interior. O puede bajar cualquier gato para subirme a la fuerza. Ya me ha pasado antes. Ya lo he vivido antes.
-Huye- y escapo de todo. De mi realidad. De mi propia personalidad. Me han reclamado por huir de todo. Pero parece ser un reflejo automático. Inconsciente. Para mi subconsciente (término erróneo según la psicología, pero no voy a escribir ‘inconsciente’ dos veces en un mismo párrafo) es una orden de vida. Que a pesar de mi conciencia no puedo suprimir.
Cuando las puertas de mi casa están cerradas con tres candados (y para colmo, remachadas, como la puerta negra), él se va. Parece que ya tuvo suficiente con sus sádicas bromas de pésimo gusto. No le odio, siento pena por él. Aunque no debería. Es parte de mí. Si le divierte jugar así conmigo, quizá sea porque, en el fondo, es mi forma personal y poco convencional del olvidarme del tedio que la vida humana me provoca.
No sé si exista un Dios. Pero esta noche, el altar que mis padres ponen todo el año para sus muertos está más vivo que nunca. Por fortuna, no soy uno de los convidados al permanente festin de agua y flores. Al final del día, quizá ese ente que me ocupa como juguete, sea quien mantiene mi retrato alejado del lugar. No puedes hacer nada más bello por aquél que te invitaba a jugar cuando lo aburría Dragon Ball Z.
In memoriam.
Como se han de imaginar, este trabajo esta protegido bajo licencia Creative Commons. Puedes compartirlo, pero respeta mi autoría. Gracias _\m/